Nunca me abandones en Diciembre.
Es sábado. Apenas comienza el último año del siglo. Hoy en la noche debo partir. Aún no sé cómo iré al aeropuerto. Espero a ver si Diana llama para despedirse. Ayer le hablé para desearle un buen año. Había pensado en pasar a darle un abrazo, pero no, ni loco, después de aquella noche de diciembre. Era Navidad, hacía unos días que ella había decidido terminar nuestra relación. Fui a su casa a dejarle un regalo. Era temprano. Apenas las nueve de la noche. No me abrió la puerta. Finalmente contestó el interfono y me dijo que no podía subir, que ella bajaba. Bajó, recibió el regalo, un libro de fotos de nuestros viajes y se fue. Ni un abrazo, ni un beso, ni un adiós.
Año nuevo, vida nueva. Me dirijo hacia el aeropuerto con mi maleta. Mi propósito del viaje es ir a la boda de mi mejor amigo. Diana estaba invitada, pero definitivamente voy solo. Seré el típico soltero que hay en todas las bodas.
Mi amigo se casa en Murcia, una ciudad del sur de España. Conoció a su novia en la Riviera Maya de vacaciones. Se enamoraron. Se fue a su ciudad. Dos años después, pasa por altar con la murciana. Es un final feliz. Lo que yo siempre he soñado hacer con Diana. Vivir juntos, boda y familia. Un sueño truncado por su decisión de abandonarme antes de Navidad.
Me recibe mi amigo en el aeropuerto. Feliz de verme me pregunta por Diana. Le digo que ya terminamos. Me consuela diciéndome que “ella se lo pierde”. Llegamos a su casa en Murcia. Su novia es hermosa y muy simpática. Está algo nerviosa por el enlace. Quedan dos días para la boda.
Mi amigo me da un tour por la ciudad. Lo primero que visitamos es la plaza de la Catedral. Es la iglesia más bonita que jamás he visto. Su estilo es barroco y sus cúpulas son de color azul. En la plaza hay numerosos restaurantes y mucha gente paseando. Por un lateral de la catedral se escucha música y castañuelas. Es el conservatorio de danza. La música española hace aún más mágico el lugar. Continuamos andando por el centro histórico de la ciudad. Todas las calles son de principios del siglo XX. Llenas de comercios, restaurantes y gente que camina. Es la hora de comer. Mi amigo me lleva a La Plaza de las Flores. Una plaza abarrotada de gente sentada en las terrazas de los restaurantes. Todos con sus tapas murcianas y sus cervezas. Nos sentamos en una de ellas. Observo a la gente como charla, come, ríe. Nadie en esta plaza parece preocupado por nada. Todos aparentan ser felices menos yo.
En la mesa de al lado hay un grupo de mujeres de unos treinta años de edad. Todas muy guapas. Una de ellas se acerca a nuestra mesa y nos invita a ir a un bar después de comer. La comida está deliciosa. Empiezo a despertar de la amargura de la soltería inesperada y a disfrutar de lo que tengo alrededor. Nos dirigimos al bar donde nos esperan las chicas. Son muy simpáticas. A la tercera copa Diana desaparece de mi cabeza. Ahora se llama Rocío.
A los dos días mi amigo se casó con la mujer que ama. Un año y medio después me encuentro en la hermosa Catedral esperando a Rocío vestida de blanco. Ayer me llamó Diana arrepentida. La perdoné por haberme roto el corazón. Gracias a ella hoy estoy en Murcia esperando a que mi futura esposa entre en la iglesia.
Pero Rocío se tarda. Espero impaciente a mi amada. Pasan los minutos como si fuesen horas. Creo que ya llegó. Creo ver que la están ayudando a salir del coche. De repente, siento el susurro de una mujer en mi oído. Detrás de mi no hay nadie. Lo vuelvo a oír. Es una voz dulce e insistente. Abro los ojos y la veo. Es rubia, alta, muy guapa y con aspecto simpático. Es la azafata de la aerolínea preguntándome si quiero pollo o pasta para comer. Elijo pasta.
Es sábado primero de año y me encuentro en un avión rumbo a la boda de mi mejor amigo.
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